El 7-1 fue brutal. Alemania pasó por encima de Curazao sin piedad y el marcador quedó como una anécdota. Porque lo que realmente estremeció al estadio vino después del pitazo final: jugadores de ambas selecciones, ganadores y goleados, se juntaron en el círculo central para orar juntos.“Somos rivales durante el partido, pero después todos somos cristianos y hermanos”, dijo el alemán Felix Nmecha con la cabeza gacha. Entre abrazos y rodillas en el césped, la escena de respeto y fraternidad le dio la vuelta al planeta. Una lección muda que recordó a millones que el fútbol, más allá de los goles, también une.
